Los alcances de la responsabilidad

Ética y Valores

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Doña Clarita Martínez siempre ha pensado que como madre debe cuidar con gran empeño a su hijo Antonio, pero creo que en esta ocasión está cometiendo un grave error y que, en lugar de ayudar a Toñito (como ella le llama), se equivoca, puesto que ya la está metiendo en problemas que pronto se agravarán.

Toñito llega a su casa a la hora que quiere. Se pasa prácticamente todo el día viendo películas y series en la televisión de paga y cuando tiene hambre solo le grita a Doña Clarita que muy pronto le sirve la mesa.

Por supuesto, no estudia ni trabaja porque no hay ningún trabajo a su medida y para sus aspiraciones, él dice que deberían pagar más por sus conocimientos, así que nunca dura más de 3 meses en ningún empleo.

Antonio no tiene ningún interés de salir de su casa; no tiene necesidad de hacerlo, no tiene novia actualmente ni relaciones duraderas, aunque sabemos que en el pasado ha dejado embarazadas a 2 de sus novias sin atender ni reconocer a ninguno de sus hijos.

Yo le he dicho a Doña Clarita que ya es tiempo de que tome medidas al respecto, pero ella se niega a cambiar las cosas porque considera que es su responsabilidad, puesto que es su único hijo.

Antonio tiene 38 años.

La responsabilidad y sus límites.

Al escuchar la historia ya te habrás formado una idea de la situación y estoy casi seguro de que conoces más de un caso similar donde los padres llegan a considerarse completamente responsables por sus hijos al grado de respaldar por competo actitudes y comportamientos que solamente agravan situaciones que puede llevar a los padres a incurrir en situaciones sumamente graves.

Con frecuencia escucho adolescentes que están legítimamente convencidos de que, por el hecho de haber nacido de sus padres, ellos deben asumir por obligación y de forma automática las responsabilidades, atribuciones y obligaciones que un joven debe ir adquiriendo por cuenta propia en su proceso de madurez.

Es notable cómo gran cantidad de padres consienten equivocadamente a sus hijos de forma ilimitada con múltiples pretextos, como: “le daré a mis hijos lo que nunca tuve”.

Más tarde o temprano se arrepentirán de no haber formado hombres y mujeres cabales, responsables de las acciones que realizan y las responsabilidades y atribuciones que deben asumir como propias.


La responsabilidad de cada persona se va desarrollando desde la más tierna infancia, cuando el niño toma comportamientos que pueden ser castigados o recompensados, esto aún en la tierna infancia, cuando el pequeño todavía no sabe expresarse con palabras.

De la forma de respuesta que proporciona la madre o el padre, comenzará a formarse un comportamiento en que el bebé en cuestión aprende a chantajear a sus padres desde pequeño.

Con el paso de los años este comportamiento se convertirá en una forma característica de responder ante las responsabilidades que, conforme se va formando el niño, van moldeando la respuesta ante a los problemas a los que lo enfrenta la vida.

Estos jóvenes viven en una cápsula protectora que proporciona el hogar.

Naturalmente el premio y el castigo forman parte de las herramientas con que cuentan los padres para ir conformando el carácter y la personalidad del joven en cuestión. La ausencia de castigos, leves o severos, marcarán los limites en los que el joven en formación aprenderá a moverse.

El chantaje se convertirá en la herramienta más utilizada por él hasta el momento en que tenga que enfrentarse a la vida real.

La responsabilidad es la cualidad de ser responsable, o sea, la capacidad para cumplir con deberes y obligaciones que uno adquiere y con ello, asumir las consecuencias de las decisiones tomadas.

Por esta razón, hay muchos jóvenes que, habiendo terminado sus estudios básicos no saben leer o lo hacen limitadamente y sin comprender todo el significado de lo que están “leyendo”.

Los límites son imprescindibles en la formación de los niños si no queremos jóvenes incapaces de asumir sus responsabilidades hasta que es demasiado tarde.

He conocido muchos jóvenes que han trasgredido los límites de la ley y actualmente se encuentran cumpliendo sentencia en una prisión. La vida, la comunidad y la misma sociedad establece límites para la sana convivencia de las personas de todas las comunidades.

Esto no tiene nada que ver con la responsabilidad que un joven asume al decidir sostener relaciones sexuales con su pareja, la responsabilidad también compromete en el futuro, cuando existe un embarazo de por medio.

De la misma manera, podemos calificar como una persona como madura o infantil a cualquier persona conociendo los niveles de responsabilidad que asumen en sus actos cotidianos.

Para una joven que busca un compañero con quién compartir su futuro, basta conocer el nivel de madurez que tiene identificando la manera como responde con sus actos ante situaciones específicas, por eso es tan importante conocer tanto como sea posible la historia personal del joven en cuestión. De acuerdo con su comportamiento podemos entender cuáles han sido sus compromisos asumidos y de qué manera ha respondido ante ellos.

La suerte no tiene nada que ver con las decisiones que asumimos porque para tomar una decisión trascendental, es necesario analizar los compromisos y las consecuencias que implican las posibles opciones.

Por ejemplo, si un joven inicia sus estudios profesionales porque así lo han decidido sus padres, la tradición o las amistades de la preparatoria y lo llevan al siguiente nivel de estudios, seguramente los resultados de este estudiante siempre serán apenas suficientes o no terminará los estudios universitarios.

Cuando el joven decide por su propia convicción asumir el compromiso de una carrera profesional debe considerar absolutamente todas las obligaciones que conlleva su decisión; el tiempo que estará dedicado a sus estudios; habrá de limitar muchas de sus divertidas actividades extraescolares invirtiendo muchas horas de estudio y tener claridad absoluta de sus objetivos hasta cumplir cabalmente con el último examen.

Conozco infinidad de jóvenes que continuaron sus estudios universitarios impulsados por sus padres o sus amigos y el resultado pocas veces se traduce en un profesionista exitoso porque sus motivadores son externos y no anticipó los deberes y obligaciones que conllevan los estudios profesionales. Esta sería una responsabilidad únicamente del estudiante.

Los padres no deberían estar preocupados por si acude a la Universidad o no, si sus calificaciones son suficientes o si necesita un automóvil para llegar hasta el campus, puesto que todos estos aspectos serán responsabilidad del beneficiario, o sea, del joven candidato a ser profesionista. Finalmente él será el único beneficiario de tener un título profesional con que ejercerá la carrera y obtendrá un pago excepcional por sus servicios en proporción a su calidad profesional.

Todos conocemos padres que no quieren reconocer que sus hijos debieron aprender a asumir su responsabilidad desde jóvenes y se formaron entre “plumas y algodones” con beneficios extraordinarios que frenaron e impidieron su madurez.

Esos jóvenes perdieron la oportunidad de ser mejores hombres y mujeres, capaces de aportar lo mejor de sus talentos y habilidades porque simplemente no las desarrollaron.

La única obligación de los padres en la formación de los hijos se limita a hacerlos responsables de sus actos y aplicar los castigos y correctivos cuando sea oportuno hacerlo antes de que sea demasiado tarde y sean ellos los que deban de pagar por su propia irresponsabilidad.

En consecuencia, asumir las responsabilidades que corresponden a los hijos tienen una fecha de caducidad: justo cuando han madurado y tienen la capacidad de decidir responsablemente por sus actos. Y esto termina por lo regular, cuando han cumplido la mayoría de edad y decidieron no continuar con sus estudios.

En el marco de la ley este es el momento en que un joven no puede exigir a las autoridades la protección y cuidado que deben prodigar los padres a sus hijos que están bajo su cuidado porque el joven ha entrado a una edad de madurez cuando decidió no continuar con sus estudios y es mayor de edad.


Doña Clarita no debería seguir sosteniendo a Toñito, mucho menos ofrecerle casa, comida, sustento y todas las comodidades que están llevándose la vida de Clarita, que ya tiene 70 años.

 

Sería lógico esperar que Toñito fuera quien cuide de ella y no al revés ¿Tú qué opinas?